La muerte en tiempos de coviid 19

La muerte ha empezado a expandir su sombra, olor a putrefacción y sabor amargo. 

Escuchamos de ella de la voz de médicos y enfermeras frustrados, cansados e impotentes de querer ayudar y ver cómo la vida se les escapa —literalmente— de las manos.

No omitiendo el llanto de las personas buscando informes de sus enfermos incomunicados, esperando que recojan a su difunto en un avanzado estado de putrefacción o el de todos aquellos que extrañan el “estar juntos”, si es que podemos llamarle así a las reuniones en donde los gadgets concentraban nuestra atención, desdibujando a la persona que teníamos a lado. 

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La vemos en las noticias y dentro de los informes como un número. También, con imágenes de ataúdes, planchas mortuorias, camiones frigoríficos en hospitales; así como, en fosas comunes desde Nueva York hasta el Amazonas. 

Al principio, esa era mi experiencia, observando todo lo anterior desde mi televisor, computadora, teléfono y iPad, no dándome cuenta que era el primer indicio de la calaca rondando. 

Me decía, solo hay que tomar nuestras precauciones y todo pasará en dos o tres semanas; y después de ello volvería a mi normalidad, tranquila y cotidiana. 

Pasó un mes.

Después, se escuchó un caso confirmado de Covid-19 en la zona. En mi familia no hubo conmoción alguna, si acaso curiosidad o morbo por saber quién había sido. Nunca supimos, pero pensamos: fue alguien a quien se le hizo fácil salir, ir a la ciudad donde está concentrado todo. 

Dos semanas después, otro caso, uno más cerca. Ese día mi tío “el nene” habló para decir que iba a cerrar su tienda. Mamá (su hermana) le contestó —¿Y cómo piensas vivir? ¿Qué tal si despues se pone peor? No sabemos cuándo acabará esto, mejor deberíamos aprender a vivir con esto.

Como en realidad no había visto cambio alguno en mi situación privilegiada, por poder quedarme en casa, se me hacia raro escuchar: debemos aprender a vivir con el Covid-19.

Luego vino un domingo y se nos hizo fácil (a mi hermana de cinco años y a mí) ir a comprar un helado con el señor de siempre, aquel personaje de un típico pueblo al que todo mundo conoce porque está en todos los eventos sin ser invitado y nadie se molestaba por ello, porque era el heladero, con una receta de $10,000 según un día nos contó.

Recuerdo muy bien que estaba haciendo tarea y escuché su sonido particular, una canción y un anuncio pregrabado. Minutos después, mi hermana rondándome; al mismo tiempo que decía —vamos a comprar un helado, cómprame un helado.

Como en muchas ocasiones le dije —Órale, va. Fui por dinero y la dejé adelantarse. Tardé como 10 minutos en buscar “cambio”, salir de la casa para ver cómo mi hermana me presumía su cono rosa con helado de limón y pagar. No se salió más ese día.

Cuatro días después ,mientras compraba el pan, dos señoras susurraban, pregunté qué había pasado y como siempre me dijeron que nada. Después le pregunté a mi mamá, a lo que ella contestó —No sabes, la señora del que vende los helados se murió, se dice que le dio el coronavirus porque trajeron el ataúd envuelto en plástico y la enterraron los del ayuntamiento. 

Me asusté y le dije que habíamos comprado helado el domingo, con el esposo de la señora. Mi mamá me dijo que no me asustara, que ella había buscado información y que seguía saliendo solo un caso confirmado en la zona donde vivimos.    

Lo olvidé con la tarea y los quehaceres de la casa que nunca se terminan, a los que he aprendido a mirar como “una historia sin fin”.

Esta semana se volvió escuchar sobre otro caso, esta vez el hermano de “Chelo”, una señora con la que mi mamá jugaba básquetbol. Antier lo enterraron, se decía que fue por coronavirus, pero no podemos asegurar ya que la familia ha mantenido mucha privacidad. Aunque desconcierta que sean los únicos en salir con cubreboca.

Hoy llamaron a la casa. Otra muerte. Este vez si es un caso confirmado de Covid-19, fue mi tío Hugo, él y su familia contrajeron lo que pensaron era una simple gripa, en los alrededores de la CDMX, donde radican. Decidieron atenderse con un medico del “simi”, les daba miedo ir al hospital por los videos en donde dicen que “los están matando”.

Hoy todo fue un revuelo, hay muchos dilemas de qué hacer. 

En mi familia está muy arraigado ayudar a “tu sangre”, pero ahora tender una mano puede significar tu sentencia de muerte. Nadie sabe cómo acercarse a ellos. 

Sabemos que al menos debemos arrimarles comida, pero ¿cómo?, y ¿quién? 

Hay que agregar que todos tenemos antecedentes de diabetes, enfermedades cardiovasculares y respiratorias; lo cual nos hace aún más vulnerables.

Y en eso andamos, viendo quién será el elegido, tratando de convencerlos que lo mejor es la incineración y que por ningún motivo vengan al pueblo a enterrarlo y a hacer los “pachangones” que se vuelven los entierros.

No se crean, aunque suena muy lógico, hay presencia de miradas molestas y desconciertas por incinerar a una persona y no apoyar la realización de un entierro “como se debe”. 

Me preocupa, papá se puso triste y hace rato salió de la casa. Sabemos muy bien porque, va tratar de ayudar. Mamá esta diciendo que quiere atomizar la casa con cloro. Yo solo le recuerdo que tenemos alergia a eso, entonces llama a mi hermana la mayor. Por alguna razón confiamos en su IQ fuera del promedio.

Y yo aquí escribiendo, sintiendo como la muerte acaricia mi realidad. Oscureciendo el panorama y volviendo frío el ambiente. Volviéndome a recordar su compañía, y aquella sensación de cuando te están apuntando con un arma. Esa incertidumbre de no saber si ya “te toca” o te saldrás con la tuya otra vez.

Porque en eso estamos inmersos, en una ruleta rusa en la que nos encontramos todos. Esa es la presencia de la muerte en los tiempos de Covid-19.