Inevitable Navidad

Al amanecer del tercer día del onceavo mes del año, en el calendario Gregoriano; al salir el sol, uno podrá escuchar la venida de la Navidad.

Villancicos, maratones de películas, descuentos en juguetería y un creciente número de casas adornadas; comienzan a manifestarse una vez concluidas las fechas dedicadas a la muerte.

En un abrir y cerrar de ojos, las estanterías de los almacenes se llenan de figuritas que reflejan el espíritu navideño que hemos aprendido amar. Ornamentos que asemejan a la nieve adornan el interior de plazas; y un halo de color verde y rojo comienza a envolver todo rastro de civilización.

Las desdichadas fiestas patrias que se encuentran en el camino que lleva del 3 de Noviembre al 25 de Diciembre, se ven sometidas al olvido. Ninguna podría competir contra la grandeza que representa la ilusión de la felicidad que viene bajo el slogan de “Navidad”.

Misma que obliga a las familias a reunirse, o a los individuos de sufrir del rechazo social que viene con el actuar de manera normal; durante un evento que ha logrado traspasar la mayor parte de las culturas.

El individuo se ve bombardeado día y noche por el mensaje constante de tener que ser una mejor persona; de tener que ser feliz, de decirle a sus seres queridos que le son importantes. De hacer esos pequeños sacrificios que en otra época del año no se motivaría a hacer.

Parafraseando a Javier Coronas, uno de los mejores psicoanalistas del mundo (no lo digo yo, lo dice él), quien al tratar el tema de la Navidad dice:

Como es el lo último del año, la gente comienza a hacer cosas que no haría antes, por el simple hecho de que ya nada importa. Hay amor, es todo superfluo. Todo está bien.” 

Y tenemos que agradecer a los medios, a las marcas y a la publicidad por obligarnos a entrar en esa dinámica de festividad. Pues todo el día impunemente nos atacan con mensajes que nos venden la idea de que si nos va a llevar, pues que nos lleve en limusina.

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De esta manera aceptamos ser parte de la marabunta colectiva que ve el fin de año como algo mágico. Los niños ríen, las abuelas ríen, los borrachos ríen; y sentimos que la magia existe, porque podemos verla plasmada en las decoraciones, en el árbol con esferas y en la ilusión de los regalos.

Somos felices porque sabemos que después del fin del mundo siempre habrá quien nos regale algo; aunque sean unos calcetines tan feos como pegarle a Jesús en Semana Santa, pero hemos adquirido algo por llegar a fin de año.

¿Y eso dónde deja a todas las personas que rehuyen de la Navidad?

Además de verse alejados por la marabunta de la felicidad, al no poder encontrarse disfrutando con la idea de disfrutar de los colores de las luces y los adornos hechos en China; se les refuerza su condición de alienígenas inadaptados dentro de la sociedad.

Incapaces de encontrar sentido a la situación; se ven lentamente, poco a poco, al borde del abismo al que se llega cuando no se puede conectar con la gente a tu alrededor.

Es curioso como un bombardeo constante de mensajes de empatía y felicidad, reconciliación y perdón, pueden alienar a los susceptibles y alejar a los más pensantes.

Tomando en cuenta la carencia de interacción humana que el fin del mundo ha presentado; habríamos de poner atención en cómo este fenómeno que año tras año se ha ido repitiendo a lo largo de cientos de años, se vea modificado y probablemente más personas de las esperadas se reconozcan inalienadas.

La reflexión irónica de este artículo es: ¿De qué sirve ser feliz si no se puede compartir con nadie? 

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