Relato urbano: microbus
La nueva normalidad por la pandemia, nos ha negado la experiencia surrealista de viajar en microbus. ¡Bajaaaan!

En la entidad reconocida como soberana a nivel internacional con el nombre de México, existe un espacio geográfico conocido como “La zona conurbada de la Ciudad de México”. Para todos los que habitan dicha zona conurbada, a dicho espacio geográfico lo identifican como hogar; para el resto del mundo se llama Estado de México, Edo. Mex. para los cuates.

Lo que diferencia a una de la otra, aparte de los tecnicismos burocráticos que le otorgan una denominación a un lado de la calle y al otro, la zona conurbada puede identificarse como un lugar al cual no llega el metro. Lo cual obliga a sus habitantes a ser parte de las estadísticas que se ven obligadas a tomar el transporte público con capacidad de 250 personas; mejor conocido como microbus.

Para bien, o para mal, el fin del mundo; le negó el uso de este servicio a una cantidad innumerable de personas, quienes desconocen de los nuevos protocolos a seguir para poder abordar una de las ballenas de acero y sentirse como Jonás en la biblia. Pero hay cosas que no se pueden olvidar.

El ronroneo que te acurruca, estar en un ambiente que aglomera a tanta gente como las fiestas de Calígula, perder el cambio del pasaje en un mar de manos tan insondable como el hielo seco. Cuántas aventuras se habrán perdido en la memoria colectiva debido a las nuevas condiciones en que habita la especie humana…

Existe el llamado “Amor a primera vista”, una regla que aplica para todo ente con un corazón en el pecho. Los más avispados lo reconocen como “cachondez”; nadie en sus cinco sentidos aceptará que espera que a su lado se siente la próxima estrella que protagonice las fantasías que afloran durante las noches melancólicas, en las que el hastío de la vida se deforma en excitación.

Cualquiera que deseé hacer una investigación de campo sobre un ecosistema que muestre varias de las caras de la sociedad, lo único que debe hacer es poner atención durante su próxima travesía en el transporte público; vendedores, abnegados, rechazados, godínez, religiosos, punks, borrachos y otra docena de figuras públicas se reúnen en una caja de metal impulsada por ruedas, uno de los pocos lugares que obliga a los enemigos a estar hombro con hombro, luchando contra la desesperación que da el encontrarse en un embotellamiento de tránsito.

Incluso hay un espacio para todos aquellos que buscan un poco de emoción en su vida, pues uno nunca sabe si el próximo vendedor de paletas será el primero en encañonarles un arma de origen dudoso, y se adjudique sus pertenencias de valor monetario, o si el próximo payaso en subir no desea sacarle una sonrisa al público presente, sino su teléfono celular. 

Gracias al Covid, la zona conurbada ha perdido uno de sus atractivos turísticos. Los cornetazos ya no volverán a romper con la tranquilidad de la madrugada, las odiseas de tres horas para llegar a trabajar parecen haber desparecido. Ojalá y así sea por los siglos de los siglos.